¿Cómo se retoma el hilo de toda una vida?
¿Cómo seguir adelante cuando en tu corazón empiezas a entender que no hay regreso posible, que hay cosas que el tiempo no puede enmendar, aquellas que hieren muy dentro, que dejan cicatriz?
¿Cómo se retoma el hilo de toda una vida?
¿Cómo seguir adelante cuando en tu corazón empiezas a entender que no hay regreso posible, que hay cosas que el tiempo no puede enmendar, aquellas que hieren muy dentro, que dejan cicatriz?
Ya lo decía Aristóteles: la virtud es el término medio; ni llegar pronto, ni llegar tarde; ni comer mucho, ni comer poco.
Una virtud es un hábito entitativo bueno, reside en el ente, en el ser, en cada uno, por eso mismo es un modo de ser. Es una capacidad que se adquiere al obrar bien de manera continuada.
Por tanto, lo correcto es el término medio, ni blanco ni negro. Quizá el truco está en saber comprender que no todo es blanco o negro, más bien todo lo contrario: la mayoría de los colores sin grises pues hay muchos tonos de ellos mientras que blanco y negro sólo hay uno... o quizá no, porque nada es blanco o negro.
Existen dos clases de personas en este mundo, y así lo manifiesta Mel Gibson en la película Señales:
Están esa clase de personas que cuando se ven saturadas, por una u otra razón, tiran la toalla sin ni si quiera haberlo intentado, y está ese grupo de personas que no se rinde jamás. La teoría es sencilla, parece que solo cabe la posibilidad de que sea blanco o negro, pero no del todo cierta. Los extremos de ambos grupos son fácilmente distinguibles, los que siempre se rinden y los que siempre luchan, y en un principio todo el mundo está en uno de esos dos grupos, pero el problema viene cuando por determinadas razones uno de los que nunca se rinden empieza a flaquear, y poco a poco se va desanimando, sintiéndose solo y termina por cruzar el umbral hasta que acaba en el grupo del que siempre había renegado.
Y es triste. Es triste ver como alguien que durante mucho tiempo ha estado peleando por un puesto en el privilegiado grupo de los que nunca se rinden, pasa del todo a la nada en cuestión de horas o días. Ese puesto guarda una estrecha similitud con la confianza que una persona deposita en ti: puedes estar luchando años por ganarte esa confianza, que en cuanto cometas un fatídico error, la has perdido. Sin embargo, no todos pueden llegar a ese grupo de privilegiados, pues, valga la redundancia, es un grupo solo para privilegiados; los que están ahí es por algo, porque se lo han ganado, porque cuando han estado tentados de tirar la toalla, no lo hicieron, y siguieron luchando.
Si bien esto es así, es verdad que puede darse el caso en que una persona que se creía fuerte, vea que no lo es, y cometa el peor error que podía cometer: el de fallarse a sí mismo. Como ocurre en otros ámbitos, la primera fase es la de la negación, al principio no te crees lo que ha pasado, afirmas y recuerdas todo lo que has hecho bien para demostrarte a ti mismo que eso no te puede estar pasando a ti, que la culpa es de otro. Esto da paso a la segunda fase, la de la negociación, pues te planteas aceptar parte de culpa siempre y cuando no seas el único culpable. De ahí se pasa a la fase de la aceptación, en la que te das cuenta que efectivamente lo has hecho mal, lo que da lugar a la última posible fase que no tiene porqué darse en todos los casos, la depresión.
Una persona que lleva tanto tiempo combatiendo para demostrarle al mundo, pero sobre todo a sí mismo, que merece la pena esforzarse, y ve cómo en cuestión de horas se le viene el mundo abajo, se derrumba.